Hospital Infanto-juvenil de Salud Mental en Arganda del Rey: reaprender a vivir en el día a día

Hospital de día de Salud Mental para jóvenes / Gema García

El centro, que suministra uno de los servicios más especializados, está en activo desde el pasado mes de diciembre y atiende a jóvenes de entre 12 y 18 años procedentes de los 21 municipios que integran el área sanitaria del sureste de la Comunidad de Madrid.

Desde diciembre, Arganda del Rey cuenta con un Hospital de Día Infanto-Juvenil de Salud Mental que da cobertura a jóvenes de entre 12 y 18 años procedentes de los 21 municipios que integran el área sanitaria del sureste de la Comunidad de Madrid. Se trata de un dispositivo intermedio entre la consulta ambulatoria y el ingreso hospitalario, destinado a adolescentes que necesitan una atención más intensiva sin abandonar su entorno habitual.

El antiguo edificio de especialidades médicas de la calle Juan de la Cierva, que permaneció sin uso sanitario durante años, alberga hoy ese espacio, uno de los recursos más especializados de la sanidad pública madrileña para la atención de adolescentes con problemas de salud mental.

Con capacidad para 12 pacientes, el centro reúne en un mismo espacio atención psiquiátrica, psicológica, enfermería especializada, terapia ocupacional y apoyo educativo. El objetivo es abordar de forma integral trastornos como la ansiedad, la depresión, los problemas de conducta alimentaria, los trastornos obsesivos o las dificultades de regulación emocional, entre otros cuadros de especial complejidad.

A diferencia de una hospitalización convencional, los jóvenes continúan viviendo en sus casas, mantienen el contacto con sus familias, conservan sus relaciones sociales y siguen vinculados a sus centros educativos mientras reciben tratamiento. De hecho, uno de los pilares del proyecto es precisamente evitar que la enfermedad interrumpa por completo su desarrollo académico y personal.

La coordinación entre profesionales es constante. Psiquiatras, terapeutas ocupacionales, docentes y personal sanitario trabajan conjuntamente para fijar objetivos que van mucho más allá de la reducción de síntomas: recuperar rutinas, reforzar habilidades sociales, mejorar la autonomía, favorecer las relaciones familiares y facilitar la vuelta progresiva a una vida cotidiana normalizada.

Marta, del miedo al ingreso a recuperar la esperanza

Hospital de Día Salud Mental Arganda del Rey/ Gema García

Cuando Marta cruzó por primera vez las puertas del Hospital lo hizo con miedo. Como muchos adolescentes que llegan a este recurso, asociaba la salud mental a la imagen de una hospitalización psiquiátrica tradicional. Sin embargo, la realidad que encontró fue muy distinta.

Derivada al centro tras meses de dificultades en el instituto, donde pasaba gran parte del tiempo en orientación o tenía que volver a casa por sus crisis de ansiedad, vivió con mucho miedo los primeros pasos. «Pensé que iba a perder el curso”, explica. Pero el modelo del Hospital de Día cambió por completo esa percepción. “Me han ayudado con las horas de estudio y con las terapias. A mí me ha venido perfecto. Aquí todo es mucho más personalizado. Si no entiendes algo, te lo explican a ti. Te enteras mejor de las cosas”, explica.

El relato de Marta también refleja uno de los grandes obstáculos que siguen existiendo en torno a la salud mental adolescente: el estigma. “Pensé que era como un ingreso psiquiátrico”, admite. “Además, aquí ves que no eres la única persona a la que le pasa esto”. Encontrarse con compañeros que están mejorando o que ya han superado etapas difíciles le ha ayudado a mirar su propia recuperación con esperanza: “Ves que hay gente que ha salido de esto y piensas que tú también puedes hacerlo”.

Un tratamiento intensivo para volver a construir el día a día

El psiquiatra Jaime de León / Gema García

Los adolescentes que llegan al Hospital de Día Infanto-Juvenil no lo hacen únicamente por presentar ansiedad, depresión u otros trastornos de salud mental. Como explica Jaime de León, psiquiatra del centro, la derivación se produce cuando el malestar ya está afectando de forma importante a diferentes ámbitos de la vida del menor y los recursos ambulatorios habituales resultan insuficientes.

«Muchas veces no es solo la sintomatología. También aparecen dificultades familiares, problemas relacionales o un deterioro importante en el ámbito educativo», señala. Por ello, antes de incorporarse al centro, cada caso pasa por una evaluación en la que participan psiquiatría, psicología, enfermería, terapia ocupacional y trabajo social para determinar si este recurso es el más adecuado para el menor. Cada paciente cuenta con objetivos individualizados con sesiones que se desarrollan de forma intensiva durante varias horas al día, de lunes a viernes.

Además del trabajo terapéutico, el centro impulsa actividades que favorecen la autonomía y la participación comunitaria, desde propuestas culturales y deportivas hasta iniciativas para mejorar las relaciones sociales o la organización del tiempo libre durante los fines de semana. «La vida no se detiene, lo que ocurre en casa, en el instituto o con los amigos se trabaja aquí y luego vuelve a ponerse en práctica fuera» cuenta.

Jaime insiste en que la adolescencia representa una oportunidad única para intervenir y es el momento idóneo «para hacer cambios». Intervenir a tiempo permite evitar que determinados problemas se cronifiquen y acompañen a la persona durante años. En definitiva, se trata de ofrecer a los jóvenes la oportunidad de recuperar su bienestar, su autonomía y la posibilidad de construir un proyecto de vida propio antes de que la enfermedad marque su futuro.

Sostener la educación cuando todo se interrumpe

El coordinador de educación Alejandro Cid / Gema García

Alejandro Cid es el coordinador del área educativa dentro de un Centro Educativo Terapéutico (CET) integrado en un hospital de día infanto-juvenil. Su labor, explica, se centra en sostener algo que considera esencial durante el proceso de ingreso: la continuidad educativa de los menores. Esa continuidad responde tanto a una obligación legal como a una necesidad pedagógica y emocional: evitar que el alejamiento del sistema educativo se convierta en una ruptura total. «Su centro educativo sigue siendo su instituto, no este», añade.

El funcionamiento interno del centro se articula a través de una coordinación constante entre el equipo educativo y el terapéutico.“Tenemos una reunión diaria de la primera hora y lo que hacemos es valorar cómo ha sucedido el día anterior con los chicos uno por uno”, explica. A partir de ahí se organizan tareas, se detectan necesidades inmediatas y se plantean objetivos a corto plazo. Esa coordinación no se limita al equipo interno. También existe una comunicación constante con los institutos de origen.

Los grupos son muy reducidos, con un máximo de cinco alumnos por clase, lo que permite una atención altamente individualizada. Aunque los contenidos curriculares se mantienen, la adaptación no se centra en eliminar materia, sino en ajustar tiempos, ritmos y formas de trabajo. La carga lectiva también es diferente: los alumnos reciben dos horas de clase diarias por grupo, lo que obliga a reorganizar la enseñanza para que puedan continuar el trabajo en casa o en coordinación con su instituto. La flexibilidad en esto también es clave: los alumnos pueden asistir uno o varios días a la semana en función de su situación clínica.

“Hay alumnos que se agarran a la educación como forma de salvación de sus problemas y otros que vienen desconectados y les cuesta mucho”, resume. “Cada caso es un mundo». 

Uno de los principales temores en el proceso de salida es la posibilidad de recaer en las dinámicas que llevaron al ingreso. Sin embargo, el equipo considera que el paso por el centro aporta herramientas que ayudan a afrontar ese retorno. “Yo creo que el miedo es volver al estado anterior que les trajo hasta aquí”, señala,

Los avances no suelen aparecer de forma brusca, sino a través de cambios progresivos en la vida diaria. La recuperación se traduce, en muchos casos, en gestos concretos y pequeños como volver a relacionarse con amigos o retomar actividades abandonadas. Uno de los momentos más significativos, añade, es cuando los adolescentes vuelven a reconocerse en roles que habían perdido: estudiantes, deportistas, músicos, artistas o simplemente jóvenes con intereses propios.

Uno de los principales desafíos es el aislamiento social asociado a los problemas de salud mental. El trabajo se centra en facilitar la reconexión con el entorno. “El hospital de día es un espacio seguro para ensayar y ganar confianza”, explica. Pero el objetivo final es claro: “Que todo lo aprendido aquí puedan trasladarlo a su vida cotidiana”, concluye.

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