La boxeadora argandeña desvela el proceso físico y mental que comienza mucho antes del combate y que no se ve cuando suena la campana. Arganda Actual la acompañó en su última victoria en Alcobendas y fue testigo directo de la atmósfera psicológica que atraviesa la deportista hasta el último segundo.
Son las 19:53 horas del viernes 28 de noviembre. MadFight Stadium, en Alcobendas. La boxeadora de Arganda, María Horche espera junto al ring, con la luz tenue, a que el presentador pronuncie su nombre. Las luces están encendidas, el público ocupa ya las gradas y la música suena de fondo. En segundos cruzará las cuerdas para disputar su tercer combate como profesional. Todo parece empezar aquí. Pero la pelea no arranca en este punto: comenzó el día anterior, muchas horas antes, lejos del ring, cuando el cuerpo y la cabeza comienzan a medir cada gesto. En el boxeo, la verdadera prueba es el pesaje. María lo sabe de primera mano.
“El ritual de la pelea empieza el día de antes, cuando te levantas y tienes que dar el peso. Tienes que ponerte los plásticos y un chándal gordo para sudar lo máximo posible. Y si todavía te faltan kilos, te tienes que ir a la sauna y seguir perdiendo peso”. Para ella, este es el momento más duro. «Al final, los luchadores de cualquier disciplina entrenamos todos los días, hacemos sparring todas las semanas, eso lo tienes asumido. El pesaje, en cambio, llega cuando el cuerpo está vacío. Es más complicado, es el momento más duro», explica.
Superado el pesaje comienza la reconstrucción: volver a casa, descansar, comer, hidratarse y recuperar todos los líquidos posibles. El combate todavía está lejos, pero la pelea con el cuerpo ya ha dejado huella. “En amateur el pesaje era el mismo día del combate, eso rompía completamente la rutina y el descanso. En profesional sí se respeta, y la clave es pasar toda la jornada durmiendo y descansando todo lo posible antes del combate”, cuenta María.
De camino a la pelea
Antes de salir de casa, prepara su mochila con precisión quirúrgica. “Yo me echo solo lo que necesito”, dice. La lista es breve: coquilla, protector de pecho, botas, calcetines, ropa, pantalón y top. Nada más. Ya en el pabellón, el vestuario se convierte en un espacio de concentración absoluta. Ángel, uno de sus entrenadores, se encarga del vendaje, un momento que María mide al detalle. “A mí me gusta vendarme con tiempo para estar preparada para calentar”, explica, porque necesita llegar al ring sin prisas. Calentar despacio, con margen, sin la sensación de ir contra el reloj, forma parte de su control previo al combate. Ella misma se peina, repite gestos ya interiorizados y entra poco a poco en la pelea.
María no suele llevar objetos especiales al ring. Nunca ha sido supersticiosa. Pero hay una excepción reciente que quiere mantener. “En mi última pelea salí con la cinta de la Virgen de la Soledad, y creo que la voy a seguir sacando siempre que pueda”. Para ella, tiene un significado profundo: “Al final eso también es muy importante: mi pueblo, las fiestas, la Virgen de la Soledad y todo lo que conlleva”. Arganda no es solo el lugar donde vive o entrena, es parte de su identidad como deportista.
- Gema García / Arganda Actual
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Subir al ring
La música forma parte del ritual. Escucha de todo: Loquillo, Extremoduro, María Jiménez, El Barrio. Pero hay una constante: “Siempre salgo con Loquillo. En todas mis peleas. Lo hago por mi tío Alex, es un referente para mí», cuenta María. En la esquina la acompañan sus entrenadores, David y Ángel, junto a Emilio, el cutman. Fuera del ring, pero igual de presentes, está su familia, un apoyo constante en todo lo que rodea a cada combate.
En el ring, María es seria y segura, y no es una pose. “Si un día estoy insegura o tengo miedo, eso nunca se puede ver. Van a aprovechar tu debilidad”, explica. No existen dos Marías distintas: “Yo soy boxeadora las 24 horas del día. Todo lo hago pensando en el boxeo”. En combate aparece una versión más extrema, más concentrada, pero no diferente de la que es fuera. Esa fortaleza mental es una de sus señas de identidad: nunca sale con pensamientos negativos ni con miedo, ni siquiera ante rivales con medallas olímpicas o mundiales. Su planteamiento siempre es el mismo: salir, golpear y ganar.
“La gente ve solo la pelea, no ve nada de lo que hay detrás. No se perciben los entrenamientos diarios, de lunes a domingo, ni el cansancio acumulado, ni la dieta estricta para dar el peso. Tienes mal humor, no tienes energía, estás cansado, te duele el cuerpo, encima te están pegando”, insiste Horche en lo «invisible y aún desconocido» que es este deporte y todo lo que requiere. Tampoco se ve la presión posterior: “Si fallas un día o una pelea, ya te están criticando, te dicen cómo lo tendrías que haber hecho”. Y aun así, el boxeo tiene un factor imprevisible: “Tú puedes ser mejor, pero te pueden dar un golpe y te pueden noquear. Eso es algo que, por mucho que entrenes, no siempre puedes cambiar”.
Por todo ello, María lo tiene claro: “Yo creo que es de los deportes más duros y de los menos valorados, y de los más criticados, y por los que yo me siento más orgullosa”. Ahora, con la vista puesta en su próximo combate profesional, que se disputará en Arganda el 7 de febrero, la boxeadora se prepara para demostrar, sobre el ring, lo que significa cada sacrificio y cada entrenamiento que nadie ve.














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